Después de darme de alta
en el “impuesto de actividades económicas” y en “autónomos”
(por eso de que a los cuarenta años se tiene más sensatez que a los
veinte), puse mi anuncio como profesora particular de inglés.
Los primeros emails que
recibí fueron de otros profesores que me preguntaban
por mi titulación y me acusaban de “intrusismo”. Una vez que les
respondí que tenía el Proficiency y que había trabajado de cara al
público durante seis años en Estados Unidos, uno de ellos me
replicó con un email en inglés (imagino que para ver si yo lo
comprendía) en el que me pedía mi DNI para confirmar si realmente
yo estaba dada de alta ya que, de lo contrario, según decía, iba a
solicitar que alguien revisara mi anuncio y me iban a meter “un
paquete”. Tras meditarlo, no le envié mi DNI. Me causaba un
perverso placer imaginarme a ese individuo solicitando una inspección
y llevándose la sorpresa de que le dijeran que yo lo tenía todo en
orden.
Las llamadas e emails de
alumnos tardaron unas semanas en llegar.
La primera persona que me
contrató deseaba obtener un nivel “C” de inglés para
presentarse a una oposición. Le pregunté durante cuántos años
había estudiado inglés. Me dijo que sólo en el colegio y que hacía
más de diez años de aquello. Apenas comprendía el lenguaje
hablado, no era capaz de leer una novela en inglés y nunca había
vivido fuera de España. Le expliqué que iba a ser muy difícil que
en un par de meses subiera tanto de nivel, y que quizás deberíamos
aspirar a hacer el First (un examen de por sí muy difícil). Me dijo
que no, que él necesitaba el nivel “C”, y que estaba dispuesto a
dar una clase diaria para conseguirlo.
Después de nuestra primera
clase, en que estuvimos aprendiendo el orden de una oración
interrogativa, el alumno me comentó que estaba muy mal de dinero y
que sólo me pagaría una vez obtenido el nivel “C”. Le pregunté
qué pasaría si no lo obtenía y me dijo que él sólo pagaba
resultados y que, si no lo sacaba, lamentablemente, no iba a poder
darme nada. Intenté no perder los nervios ya que se trataba de mi
primer y único alumno, le dije que para mí era importante cobrar al
final de cada clase ya que era mi única fuente de ingresos. Me dijo
que lo pensaría y que ya me llamaría. No cobré ni siquiera esa
primera clase y estoy esperando su llamada.
Otro de mis alumnos era
un adolescente de catorce años. Su madre se mostró muy compungida
al ver que yo no era nativa, pero dado que me podía desplazar a su
domicilio a la hora que ellos me dijeran y que estaba dispuesta a
trabajar el domingo, me contrató.
Las clases iban bien y el
muchacho era inteligente, tanto que consiguió una nota excelente en
una materia que previamente había suspendido. Yo me alegré por la
buena nota pero, ilusa de mí, no supe que eso significaría el fin
de mis servicios. Desde ese momento, la madre no me volvió a llamar
para solicitar una clase y, cuando yo la intenté llamar para saber
qué pasaba, no me cogió el teléfono. Meses después, me crucé con
el chico en un centro comercial y nada más verme se ocultó en los
baños. Creo que hubiera sido más noble cancelar oficialmente las
clases en el momento en que lo decidieron y así tanto ellos como yo
nos hubiéramos ahorrado muchos malos ratos.
En otra ocasión, un
grupo de cuatro niños solicitó mis servicios. Primero me habían
preguntado el precio por hora y posteriormente habían dicho “somos
cuatro, la clase será cada día en casa de uno de nosotros”.
Estupendo. Hacían una rueda para pagar que no coincidía con la casa
elegida que, casi siempre, era la del mismo niño.
En una ocasión el
alumno a quien correspondía pagar no asistió a la clase porque
tenía gripe. Los otros tres niños no habían traído dinero, cosa
comprensible porque tenían once años. No cobré esa clase y, en la
siguiente, en que sí vino el niño con gripe, su madre me dijo que
“lógicamente”, no tenía por qué pagar una clase a la que su
niño no había venido, y que ese miércoles tampoco pagaba ya que le
correspondía a otro niño. Me resigné a perder un día con tal de
mantener el grupo pero, el episodio de gripe, empezó a repetirse
sospechosamente con ése y con otro de los niños. Tardé meses en
abordar el tema seriamente ya que hablar de dinero es siempre
incómodo y porque era mejor cobrar la mitad que no cobrar nada.
El día que,
humildemente, pregunté cómo me iban a pagar los días que faltaban
(en ese momento eran ocho días), las madres me dijeron que andaban
mal de dinero y no se lo podían permitir. Una de las señoras, que
siempre había pagado, abogó por mí, les hizo ver que yo también
tenía mis gastos y que les estaba pidiendo el pago acordado por un
servicio que yo ya había prestado. Aquello desencadenó una cadena
de acusaciones entre las señoras.
Finalmente una de las madres, la
otra señora que siempre había pagado, me telefoneó para decirme que se acababan las clases
y que ella y la otra señora me iban a pagar de su bolsillo lo que no
habían querido abonar sus compañeras. Quedé con ellas en una
cafetería en el centro. Habían traído el dinero pero yo no quise
aceptarlo: era igual de injusto que lo perdieran ellas que que lo
perdiera yo. No insistieron. Me invitaron al café.
Durante la
conversación les conté que yo era médico y que me había quedado
sin trabajo en la Sanidad Pública. Me escucharon y una de ellas me
contó que su marido era arquitecto y que tras haber estado
trabajando por menos de seiscientos euros en varios estudios de la
ciudad había optado por montar un pequeño negocio: una imprenta. Me
dio la tarjeta de la imprenta y marché de allí con una sensación
agradable por primera vez en muchos meses.
El resto de mis alumnos
fueron gente simpática, trabajadores, pero que tan pronto estaban
dispuestos a dar cuatro horas seguidas de clase como perdían el
interés. Uno me llegó a decir que, con lo que él me pagaba por una
hora de clase, podía comprarse un buen libro de texto.
En mi experiencia como
profesora particular debo decir que lo más incómodo y limitante
siempre fue la gestión del dinero. Finalmente dejé clases porque, a
fin de mes, me salía más caro mantener la publicidad en internet y
pagar la cuota de autónomo que lo que recibía de mis alumnos. Estoy
buscando otros campos, algo que yo sepa hacer y que me permita vivir.
A lo largo de los próximos meses espero conseguirlo.
Hija, tu blog es buenísimo. Lo más franco que he leido nunca. estoy empezando a adorarte porque tengo debilidad por los que lo pasan así, como nosotras. Sigue adelante. Aunque solo sea por comprobar hasta dónde llega la "caca".
ResponderEliminarMuy buenas, estoy leyendo tu blog y me quedo de piedra. Curiosamente soy profesora de inglés pero poco motivada ya, la verdad, a quien siempre le gustó el tema de la medicina y se arrepiente de no haber estudiado esa carrera. La verdad es que leo todo lo que pones y me quedo de piedra, vete de España ya!!!! Qué pena de país, de verdad...
ResponderEliminarHola! Me estoy quedando impresionado con todo lo que cuentas, soy estudiante de medicina y ver que lo que te está pasando me ouede pasar a mí en un futuro me pone los pelos de punta! Mucho ánimo y si estás en Madrid me vendrían genial unas clases de inglés ya que estoy preparando el TOEFL, y aunque tengo un nivel bueno nunca es suficiente.
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