lunes, 12 de marzo de 2012

La gente de Visita Médica

En el hospital, además de médicos y enfermeras, trabajan muchos otros profesionales, entre ellos la gente de industria farmacéutica. Son comerciales de un laboratorio, en general personas con formación universitaria: biólogos, veterinarios, químicos, médicos... Su función es presentar a los médicos las novedades farmacéuticas y, de paso, hacer publicidad de su empresa de modo que, a mismo principio activo, al médico le resulte más familiar su nombre comercial.


Por poner un ejemplo, es lo mismo el zarator, el prevencor, el zocor, el lipitor... Mismo principio activo y mismo precio. La diferencia es que cada nombre comercial pertenece a un laboratorio diferente. A veces todos estos laboratorios han trabajado en la investigación del producto y posteriormente comparten la patente, otras veces, un laboratorio vende la patente a otro.


Los visitadores médicos a menudo pasan horas esperando en las puertas de las consultas sólo para conseguir saludar a un médico, y a veces no lo consiguen. Algunos médicos se sienten más importantes o más respetados por el hecho de hacer que otro profesional dedique la mitad de su jornada laboral a esperar por él.


En mi caso, nunca he hecho esperar a la gente de visita médica. Los saludo, a veces deprisa, y de esa manera yo me entero de lo que me tengan que decir y ellos pueden continuar con su ronda de visitas. Creo que es algo que les debo porque, al igual que yo, ellos están allí para realizar su trabajo de la mejor manera posible.


El objeto de este post no es publicitar a la industria farmacéutica sino compartir con vosotros mi doloroso descubrimiento de que, al igual que hay médicos capullos, también hay visitadores hipócritas.


Cuando llegué a España como jefa de una Unidad y encargada de implantar un protocolo que hasta el momento no se estaba haciendo en nuestro país, la gente de la industria farmacéutica literalmente me adoraba. Me hacían ver que, si bien la relación era profesional, además de eso yo les caía bien.

Puesto que todos somos humanos, yo acepté su cortesía y su ofrecimiento de amistad. Mujeres de mi edad me contaban sus problemas con su pareja o con sus hijos, chicos jóvenes y guapos se ofrecían a regalarme un cachorro de su próxima camada, un comercial a punto de jubilarse me ayudó a encontrar alojamiento... Por fortuna, en la política de nuestro hospital está terminantemente prohibido aceptar regalos y eso me salvó de un pelotilleo que hubiera resultado todavía más incómodo. Pero debo decir que, tras seis años fuera de España, volver y descubrir tanta simpatía me conmovió. Me sentí querida, algo a lo que todos aspiramos. Sentía que el respeto era mutuo y que había conocido a personas estupendas.


¿Qué sucedió el día que cerraron mi unidad y me quedé en el paro? Que todo terminó:

Un comercial canceló una comida que teníamos prevista porque, según me indicó en un mensaje de móvil, tenía fiebre. Yo, en plena mudanza, había aceptado esa comida porque se trataba de un hombrecillo mayor a quien no quise desairar. Él, sin embargo, en vistas de que yo ya no tenía talonario de recetas, no tuvo problemas en quedar mal.

Otro comercial, que me había pagado la inscripción en un congreso que se celebraba en mi ciudad, simplemente lo canceló sin explicaciones.

Un tercer comercial, con el que tenía comprometida una visita a su fábrica de medicamentos, canceló la visita a través de mi antigua secretaria ya que él "no tenía mi móvil" (después de dos años de llamaditas amistosas).

Cuando me encontraba por la calle a las chicas marchosas con problemas de pareja, en vez de pararse a hablar conmigo, salían pitando, como si yo estuviera apestada.


Ya ninguno me preguntaban mi opinión sobre las pastillas para el colesterol que tomaba su suegra, puesto que esa explicación, a la que yo había dedicado tiempo y energías, nunca les había interesado.


En conjunto, hicieron que me sintiera más sola y más desamparada de lo que ya me sentía al haber perdido mi trabajo.


Mi conclusión fue que no se pueden aplicar las pautas de una relación humana a una relación comercial.


Únicamente añadir que las comerciales de Eli-Lilly y de Merck siguieron como antes, sonrientes porque ellas son sonrientes, profesionales y humanas. Por eso, a pesar de mi anterior conclusión, creo que en mi próxima vida seguiré tratando a la gente de visita médica con el mismo respeto.

3 comentarios:

  1. No sabes como te entiendo.
    Un saludo

    cotbuscajob

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  2. El problema es que los delegados comerciales son gente muy bien preparada en relaciones sociales, y están especialmente entrenados para convertir las relaciones laborales en relaciones personales, y así que ya no se conviertan en visitador, sino en un amigo, y se pasa de prescribir por efectividad a prescribir por amistad. Yo intento no tener tratos con ellos, sinceramente creo que dan una imagen lamentable de la Sanidad dando bolis y juguetes a los médicos delante de los pacientes en las salas de espera...no cabe decir, que sé que hablan muy mal de mí, precisamente por negarme a recibirlos.

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  3. Hola Teresa:
    No creo que sólo sea aplicable a los visitadores médicos, los mismos compañeros de trabajo son lo primeros que tendrán amaurosis fugax si les alteras su delicado equilibrio.
    Yo solo espero, de corazón, que te hayas replanteado todo y que no hayas entrado más a este blog porque estés feliz viviendo en cualquier lugar de la Costa Este (puede ser la Oeste), siendo valorada como profesional y teniendo el estatus adquisitivo que mereces por haberte formado durante tantos años.
    Por favor aprovecha la ciudadanía y el postgrado americano.
    Muchísima suerte!

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